Juan 20, 2-8 Vol. 4-157 Diciembre 4, 1902 Vol. 1-2 (1-5)Septiembre 14, 1899 Vol. 7-55 De los escritos de la S. D. Luisa Piccarreta Vol. 7, cap. 55 octubre 16, 1906

 Juan 20, 2-8

"El otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro

El primer día de la semana, María Magdalena echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto." Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó". 

Palabra del Señor

De los escritos de la S. D. Luisa Piccarreta 

Vol. 4-157  Diciembre 4, 1902

Jesús manifiesta las razones de su obrar

Estaba pensando en mi mente en esta obediencia diciendo: “Ellos tienen razón de ordenarme eso, y luego no es una gran cosa que el Señor me haga obedecer en el modo querido por ellos. Además de que ellos dicen: “O que te haga obedecer, o bien que diga la razón por la que quiere que venga el sacerdote a hacerte recuperar de ese estado”. Mientras esto pensaba, mi adorable Jesús se ha movido en mi interior diciéndome:

“Hija mía, Yo quería que ellos mismos hubieran encontrado la razón de mi obrar, porque en mi Vida, desde que nací hasta que morí, habiendo encerrado en Mí la vida de toda la Iglesia, todo se encuentra, las cuestiones más difíciles confrontadas a algún suceso de mi Vida donde se puedan uniformar, se resuelven; las cosas más enredadas se sueltan, y las más oscuras y obtusas en que la mente humana casi se pierde en esa oscuridad, encuentran la luz más clara y resplandeciente. Esto significa que no tienen por regla de su obrar mi vida, de otra manera habrían encontrado la razón. Pero ya que no han encontrado ellos la razón, es necesario que Yo hable y la manifieste”.

Después de esto se ha levantado y con imperio, tanto que yo temía, ha dicho:

“¿Qué significa aquél ¿ostende te sacerdoti?”. (¿mostrarte al cura?)

Después haciéndose un poco más dulce ha agregado:

“Mi Potencia se extendía por doquier, y desde cualquier lugar que me encontrara podía realizar los más estrepitosos milagros, sin embargo, en casi todos los milagros quise asistir personalmente, como al resucitar a Lázaro, fui, hice quitar la lápida, lo hice desatar, y después con el imperio de mi voz lo volví a llamar a la vida. Al resucitar a la niña, la tomé de la mano con mi mano derecha llamándola nuevamente a vida, y tantas otras cosas que están registradas en el Evangelio, que a todos son conocidas, quise asistir con mi presencia. Esto enseña, estando encerrada la vida futura de la Iglesia en la mía, el modo como debe comportarse el sacerdote en su obrar. Y estas son cosas que se refieren a ti, pero en modo general, tu lugar propio lo encontrarán sobre el calvario. Yo, sacerdote y víctima y levantado sobre el leño de la cruz, quise un sacerdote que me asistiera en aquel estado de víctima, el cual fue san Juan, que representaba la Iglesia naciente; en él Yo veía a todos: Papas, obispos, sacerdotes y todos los fieles juntos, y él mientras me asistía, me ofrecía como víctima para la gloria del Padre y para el buen éxito de la Iglesia naciente. Esto no sucedió por casualidad, que un sacerdote me asistiera en ese estado de víctima, sino que todo fue un profundo misterio, predestinado desde “ab eterno” en la mente divina, significando que al escoger a una alma víctima por las graves necesidades que en la Iglesia hay, un sacerdote Me la ofrezca, Me la asista, la ayude y la anime a sufrir; si estas cosas se comprenden, está bien, ellos mismos recibirán el fruto de la obra que prestan, como san Juan, ¿cuántos bienes no recibió por haberme asistido en el monte calvario? Si en cambio no, no hacen otra cosa que poner mi obra en continuos conflictos, desviando mis más bellos designios.

Además de esto, mi sabiduría es infinita y al enviar alguna cruz al alma para santificarse, no sólo toma una, sino cinco, diez, cuantas Me placen, a fin de que no sólo una, sino todas éstas juntas se santifiquen. Como en el calvario, no estuve Yo solo, además de tener un sacerdote tuve una Madre, tuve amigos y hasta enemigos, que al ver el prodigio de mi paciencia, muchos creyeron en Mí como el Dios que era y se convirtieron; si Yo hubiera estado solo, ¿habrían recibido estos grandes bienes? Ciertamente que no”.

¿Pero quién puede decir todo lo que me ha dicho, y explicar los más minuciosos significados? Lo he dicho lo mejor que he podido, como en mi rusticidad he sabido decirlo, lo demás espero que lo haga el Señor, iluminándolos para hacerlos comprender lo que yo no he sabido manifestar bien.

"Se abrió el Cielo y de él descendió el evangelista san Juan, y traía la cruz que Jesús me había indicado...  los ángeles y san Juan proporcionaban los clavos"


Vol. 1-2 (1-5)

De los escritos de la S. D. Luisa Piccarreta

Vol. 1-2 (1-5)  Septiembre 14, 1899

Una mañana, era el día de la exaltación de la cruz, mi dulce Jesús me transportó a los lugares santos, pero antes me dijo tantas cosas de la virtud de la cruz, no lo recuerdo todo, apenas alguna cosa:

“Amada mía, ¿quieres ser bella? La cruz te dará los rasgos más bellos que se puedan encontrar tanto en el Cielo como en la tierra, tanto, de enamorar a Dios que contiene en Sí todas las bellezas”.

Y continuaba Jesús: “¿Quieres tú estar llena de inmensas riquezas, no por breve tiempo sino por toda la eternidad? Pues bien, la cruz te suministrará todas las especies de riquezas, desde los más pequeños centavos, como son las pequeñas cruces, hasta las sumas más grandes, que son las cruces más pesadas, sin embargo los hombres que son tan ávidos por ganar dinero temporal, que pronto deberán dejar, no se preocupan por adquirir un centavo eterno, y cuando Yo, teniendo compasión de ellos, viendo su despreocupación por todo lo que se refiere a lo eterno, benignamente les llevo la ocasión, en vez de tomarlo a bien se indignan y me ofenden, ¡qué locura humana, parece que la entienden al revés! Amada mía, en la cruz están todos los triunfos, todas las victorias y las más grandes adquisiciones, para ti no debe haber otra mira más que la cruz, y esta te bastará por todo. Hoy quiero contentarte, aquella cruz que hasta ahora no bastaba para poderte extender y crucificarte completamente, es la cruz que tú has llevado hasta ahora, por tanto, debiéndote crucificar completamente, tienes necesidad de que haga descender nuevas cruces sobre ti, entonces aquella cruz que hasta ahora has llevado me la llevaré al Cielo para mostrarla a toda la corte celestial como prenda de tu amor, y otra más grande haré descender del Cielo para poder satisfacer mis ardientes anhelos que tengo sobre ti”.

Mientras Jesús decía esto, se presentó ante mí aquella cruz que había visto las otras veces, yo la tomé y me extendí sobre ella, mientras estaba así se abrió el Cielo y de él descendió el evangelista san Juan, y traía la cruz que Jesús me había indicado; la Reina Madre y muchos ángeles, cuando llegaron junto a mí, me quitaron de sobre aquella cruz y me pusieron sobre la que me habían traído, mucho más grande, un ángel tomó aquella cruz de antes y se la llevó al Cielo. Después de esto, Jesús con sus propias manos comenzó a clavarme sobre aquella cruz, la Mamá Reina me asistía, los ángeles y san Juan proporcionaban los clavos. Mi dulce Jesús mostraba tal contento y alegría al crucificarme, que sólo por darle ese contento a Jesús no sólo habría sufrido la cruz, sino otras penas aun. ¡Ah, me parecía que el Cielo hacía nueva fiesta por mí al ver el contento de Jesús! Muchas almas del purgatorio fueron liberadas emprendiendo el vuelo hacia el Cielo, y algunos pecadores fueron convertidos, porque mi Divino Esposo a todos hizo partícipes del bien de mis sufrimientos. ¿Quién puede decir además los dolores intensos que sufrí al estar bien extendida sobre la cruz y ser traspasadas las manos y los pies con los clavos? Pero especialmente en los pies era tanta la atrocidad de las penas, que no pueden describirse. Cuando terminaron de crucificarme y yo me sentía nadar en el mar de las penas y de los dolores, la Mamá Reina dijo a Jesús: “Hijo mío, hoy es día de gracia, quiero que le participes todas tus penas, no queda más que le traspases el corazón con la lanza y le renueves la corona de espinas”. Entonces Jesús tomó la lanza y me traspasó el corazón de lado a lado, los ángeles tomaron una corona de espinas muy tupida, se la dieron en la mano a la Santísima Virgen, y Ella misma me la clavó en la cabeza.

¡Qué memorable día fue para mí!, de dolores, sí, pero también de contentos, de penas indecibles, pero también de alegrías. Basta decir que era tanta la fuerza de los dolores, que Jesús todo ese día no se movió de mi lado para sostener mi naturaleza que desfallecía por la intensidad de las penas. Aquellas almas del purgatorio que habían volado al Cielo, descendían junto con los ángeles y rodeaban mi cama recreándome con sus cánticos y agradeciendo afectuosamente que por mis sufrimientos las había liberado de aquellas penas.

"Quien ama mucho y no quien hace mucho, será más agradable al Señor"

Vol. 7-55

De los escritos de la S. D. Luisa Piccarreta

Vol. 7, cap. 55  octubre 16, 1906 

Cómo cada bienaventurado es una música distinta en el Cielo

Habiendo dejado de escribir lo que sigue, la obediencia me ha ordenado que lo hiciera y por eso lo escribo.

Me parecía encontrarme fuera de mí misma, y que en el Cielo se hacía una fiesta especial, y yo estaba invitada a esta fiesta, y parecía que cantaba junto con los bienaventurados, porque allá no hay necesidad de aprender, sino que se siente como una infusión en el interior, y lo que cantan o hacen los demás lo sabe hacer uno mismo.

Ahora, me parecía que cada beato fuera una tecla, o sea que él mismo fuera una música, pero todos acordes entre ellos, una distinta de la otra; quién canta las notas de la alabanza, quién las notas de la gloria, quién las del agradecimiento, quién las de las bendiciones, pero todas estas notas van a reunirse en una sola nota, y ésta nota es amor.

Parece que una sola voz reúne todas aquellas voces y termina con la palabra amor.

Es un resonar tan dulce y fuerte este grito, “amor”, que todas las otras voces quedan como apagadas en este canto, “amor”. Parecía que todos los bienaventurados quedaban por este canto – alto, armonioso, bello del “amor”, que ensordecía todo el Cielo, – estáticos, embelesados, avivados, arrobados, participaban, se puede decir, de un paraíso de más;

¿pero quienes eran los afortunados que gritaban de más y que hacían resonar en todo esta nota, “amor”, y que aportaban tanta felicidad al Cielo? Eran aquellos que habían amado más al Señor cuando vivían sobre la tierra,

¡ah!, no eran aquellos que habían hecho cosas grandes, penitencias, milagros, ¡ah, no, jamás! Sólo el amor es el que está sobre todo, y todo queda detrás de él; así que quien ama mucho y no quien hace mucho, será más agradable al Señor.

Parece que estoy diciendo disparates, ¿pero qué puedo hacer? La obediencia tiene la culpa, ¿quién no sabe que las cosas de allá no se pueden decir acá? Por eso para no decir más desatinos termino.


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